
Me sorprende (que no escandaliza) que Sartre, reencarnación de la cultureta parisino-radical, del existencialismo rebañado en vinos de los de no-mirar-el-precio, conocedor de las llamémoslas reuniones liberadas y ferviente defensor de la causa comunista (pese a los logros y deslogros)...tuviera su papel en la reaparición pública del mismo Heidegger que desapareció de escena más porque ese-no-era-su-nacionalsocialismo que por fe-de-errores.
Este hecho, aisladamente sería casi un acto noble. Pues Heidegger aún siendo hijoputa (ilustrado e ilustrador) penso como pocos (o ninguno)y como nos indica Foucault aquí lo que nos ocupa es el discurso. Hasta este punto Sartre es abrazable. Acogedor de intelectuales descarriados y poseedor de la tolerancia que te da ese grado de espiritualidad que a los mortales no-pensantes nos es negada...
Pero, el amigo Sartre no fue tan condescendiente con su (este si compañero de saraos) Camus. Imaginemos la desilusión de Sartre (hilo musical melancólico) al descubrir entre las letras de su amigo no el desencanto de la revolución, sino el ataque a todo lo edificado. Esas traiciones epistemológicas no están perdonadas entre amigos (se desgarra la cinta melancólica). La romántica ruptura adquiere la trascendentalidad de todo lo trasmitido en epístola. Y lo que en casos normales es un te-retiro-la-palabra se convierte en un no-acepto-tal-traición-intelectual.
¿Dónde quedó el Sartre amante del pensamiento? Hay quien dice, y me parece un argumento sino válido, almenos humano que se trata de una pugna más fálica que intelectual. Que gran ocasión (para colmo justificada) para desparramar la venganza del orgullo viril herido. Cuando después de derrochada toda la parafernalia verborreico-intelectual en el punto exacto del ya-la-tengo-esta-noche-toca-morena aparece la susodicha percha Camusiana y admitámoslo... hay más carne que cerebro en el cuerpo.
El pobre Sartre, perdió la cuenta de las noches en que al unisono, los tres planearon vengarse. Cerebro en delirio febril, pene erecto y mano en movimiento que dibuja armónica la linea que no le dejará cruzar.
Somos todos la misma carne.
[Caterina]